Creemos, porque así lo hemos aprendido, que con la buena intención ya basta. Pero la intención es una cosa, y el cómo llevar los asuntos personales, otra muy distinta.
Yo no creo que exista gente con mala intención, como dicen bien los budistas, sólo existe el enano de la ignorancia.
Pero, cómo resolver adecuadamente los problemas que se nos plantean a diario, es otro cantar.
Cuando era niño, me describían como voluntarioso y bueno, pero no por eso me aprobaban en el colegio, había que demostrar suficiencia y capacidad.
Y eso ocurre también en la edad adulta, y aunque, la intención sea al principio buena, existe algo que cada vez es más frecuente, y que personalmente afecta a mi sensibilidad, y es: LA TORPEZA.
También se aprende a ser torpe, uno no nace torpe, los niños sin miedo son desenfadados y habilidosos, todo tiene que ver con la educación recibida y con esa capacidad que tienen los padres para aumentar la autoestima del niño o destruirlo machacándolo con la frase: "Qué torpe eres".
Seguro que alguno de mis lectores se identifica con estas palabras y además más de uno, ha pasado por ese calvario que es unos padres déspotas y descalificadores que, en lugar de aumentar nuestra estima, confianza y seguridad, nos hunden o nos han hundido en la miseria, haciéndonos creer que no valíamos para nada.
No es fácil para nada que sepamos llevar de la mano: al amigo, a la pareja, a los hijos; en ese camino que yo llamo: de la tolerancia, de la comprensión, la diplomacia, la habilidad; y sobre todo, el interés por ellos, qué poco y qué mal nos interesamos por los demás.
Estamos tan distraídos con nuestros problemas, que nunca tenemos tiempo para el otro, y es ahí donde nace realmente toda relación humana, en la escucha que es amor, y no en el egoísmo del sufrimiento propio.