Imagínate en la siguiente situación: estás disfrutando del verano tumbado al borde de la piscina, sintiendo el relax que provoca este tiempo de ocio, el ambiente lúdico de la chiquillería gritando, el agua que es rota una y otra vez por los juegos de todos -niños y menos niños-, el sol que calienta tu piel y te hace sentir como recargas tus pilas… De repente, abres los ojos y miras y hay algo que te parece extremadamente atractivo: cinco metros por encima del nivel del agua se alza un trampolín que parece ser la delicia de las gentes que entre risas se agolpan en la escalerilla, suben a lo más salto, y adoptando todo tipo de posturas, algunas muy bellas y otras muy cómicas, saltan al agua provocando grandes salpicaduras en los que al borde de la piscina jalean a los valientes. Y te dices: “¿por qué no?”. Te encaminas descalzo hacia la escalerilla, aguardas tu turno, trepas, con ganas de participar en esa fiesta del agua siendo uno más.
Pero entonces, una vez pisas el primer escalón y empiezas a ascender, tu respiración se vuelve más agitada, tu corazón empieza a latir más rápido, y te asalta una seria duda… ¿seré capaz? ¿Y si me pasa algo? ¿Me haré daño?
Una vez arriba, los temores se convierten en auténtico pánico. Caminas hasta el borde de la plancha, miras hacia abajo y da la impresión que lo que antes eran cinco metros se hayan convertido en cinco kilómetros. “Desisto”, te dices al darte cuenta de que tu estado de nervios no te permite hacer eso con serenidad. Poco a poco reculas, das pasitos lentos y tímidos hacia atrás para conseguir llegar a la escalerilla, atrapado por el vértigo de la altura. Pero la escalerilla está llena de gente que irritada no te deja bajar, te exigen dar un paso adelante y lanzarte al agua (al vacío, dirías tú). Pasan los minutos y la irritación de quienes esperan se convierte en furia, que te aboca de manera inexorable a dar el salto, pero tu pánico te lo impide, y, si por ti fuera, te quedarías para siempre ahí, sin ir ni adelante ni atrás.
En esta misma situación se encuentran, a diario, cientos de personas que llegan a terapia necesitados dar el salto de cambiar su carácter y sus vidas cotidianas, pero no se atrevan a darlo. De repente todo son riesgos; y aunque saben que un simple segundo de no pensar en todas esas consecuencias catastróficas que se les ocurren sería suficiente para pasar a una situación completamente nueva y que resolvería su angustia, no pueden; necesitarían incluso a alguien que les diera el empujón para así suplir su carencia de lo que suelen llamar «fuerza de voluntad», pidiendo así que otro les saque del atolladero. Y así, al elegir entre la angustia de saltar o la de dejar que sus vidas, necesitadas de cambios, sigan siendo lo que eran, prefieren, como mal menor, que todo siga igual, olvidando que han llegado a la terapia porque no podían seguir así. En un proceso de psicoterapia es fundamental una primera fase de elaboración racional acerca de esos miedos, esas angustias, a dar un salto definitivo. Y es también importante la confianza en el profesional, que en un momento dado, te dirá: “¡Adelante! Ahora debes dar el salto”.